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El embrujo de la bobal

Lunes, julio 11th, 2011

Seguro que a muchos de vosotros el nombre de esta variedad (bobal) os resulta señaladamente desconocido, y tal vez con toda la razón. Durante años me he prometido escribir un libro que pudiera titularse “El vino bobo”, pero no por el fácil juego verbal del título con el nombre de la variedad que nos ocupa, sino por la estulticia que tanto abunda en el sector vitivinícola en nuestro país, críticos –por supuesto– incluidos.

Hace apenas un par de meses, José Hidalgo me hizo llegar un nuevo vino elaborado bajo su inefable batuta en Utiel-Requena, vino que necesariamente pospone la oportunidad de ese título y –muy al contrario– me regala la de hablar de una variedad que empieza a cobrar poco a poco relieve varietal, es decir, que comienza a poder ser reconocida desde el punto de vista sensorial por la singularidad de sus atributos, particularmente los que expresa en el paladar.

El problema histórico de la bobal (cuyo nombre posiblemente proceda de la semejanza de sus racimos con la cabeza de los bóvidos) es que es una variedad muy productiva, y esa tendencia natural a la elevada producción por cepa hizo que fuese plantada con el solo propósito de obtener cantidad (no obstante una de sus sinonimias es la de ¡provechón!), la cual, como ya sabemos, supone el primer obstáculo a la calidad.

De las casi 100.000 hectáreas de bobal plantadas en nuestro país, que la convierten en la tercera variedad en superficie de plantación, el 98% se concentra en Utiel-Requena (sin duda el territorio más propicio, ya que la bobal prefiere los suelos sueltos y frescos) y las comarcas limítrofes, en esa mágica encrucijada de territorios entre las provincias de Cuenca, Valencia y Albacete, incluida Manchuela, comarca a la que el gol de Iniesta (natural de Fuentealbilla, sede de su Consejo Regulador) en la final de la Copa del Mundo parece haber dado aún más alas a una emergencia vinícola que era ya significativa en el último lustro.

Otro de los inconvenientes históricos para la apreciación cualitativa de la bobal procede de su, por llamarla de algún modo, ligera rusticidad. Y es que su piel (a la que nos referimos los que presuntamente sabemos como hollejo) es relativamente gruesa, lo cual procura, además de mucho color al vino –y de una inusitada y hermosa brillantez violácea– un ligero apunte vegetal ya desde la nariz, que, a pesar de que nos devuelve uno de los valores esenciales en el vino, parece contravenir las reglas de lo políticamente correcto en materia vinícola.

Aunque la crítica en general lo condena como impropio, a mi personalmente me gusta sobremanera ese leve vestigio verde (¿qué es al fin y al cabo la vid, sino un vegetal?), más aún si va acompañado de apetitosas notas de flores (pétalos) azules y carnosos, del tipo que puede definirse como “violetas” y que todo el mundo (es decir, los presuntamente menos expertos) puede identificar como relacionadas con la dulzura floral y delicada de las violetinas, esos caramelos tan exaltadamente madrileños en razón tanto al comercio (La Violeta) que un tal Mariano Gil inaugurara en la céntrica plaza de Canalejas en 1915, como a la leyenda rosa (¡no violeta!) que dice que el rey Alfonso XIII tenía a bien regalárselas a sus amantes.

Pero el atributo primero de la bobal es sin duda su expresiva fruta, de hecho es tradicional su empleo en la elaboración de rosados. Y precisamente fruta, grande y eminente, es lo que exuda el CerroGallina –que así se llama el vino que nos ocupa– en nariz, y eso a pesar de que su larga crianza (18 meses) en barricas de roble tal vez interrumpa en parte, al menos de momento, la expresión de la misma. Es precisamente ese tipo de decisiones las que nos dan la medida de la calidad de los enólogos, pues separan a los buenos (sin más) de los excepcionales.

En principio podría parecer exagerado someter al vino a una crianza tan larga de acuerdo a los cánones modernos (que suponen que, a lo sumo, 12 meses son más que suficientes), pero una vez catado nos damos cuenta de que el año y medio de reposo en roble construyen el vino de forma excepcional, lo dotan de estructura sin ensombrecer en lo más mínimo la expresión de fruta. Y es más: uno puede adivinar que el vino va a ganar con el tiempo, se va a pulir, a perfilar, a ganar en suavidad, y que lo que ahora es notable –y sabrosa– tanicidad de un roble que cuanto menos pudiera ser definido como “austero”, dará lugar con el tiempo a notas balsámicas y especiadas asociadas a los mejores vinos.

Lo milagroso del CerroGallina, que acaba de ver la luz del mercado con su primera añada, la 2008 (apenas 5.000 botellas a unos excepcionales 15 €), es que se percibe la fruta de edad concentrada y enorme, pero alejada en expresión de aquellos bobales bravíos y hasta diluidos (hay que tener en cuenta que la variedad se caracteriza por un bajo contenido alcohólico y elevada acidez) que tan pobre sabor de boca han dejado y siguen dejando al consumidor menos avezado, a pesar de que algunos se atrevan a excusarlo en su carácter de “vino del abuelo”.

El aspecto de fruta concentrada pone el foco sobre otro de los rasgos que caracterizan al CerroGallina, el hecho de que procede de un viñedo de 6 hectáreas plantado hace casi cien años en la pedanía requenense de Campo Arcís que rinde poco más de ¡medio kilo por cepa!, lo cual potencia la textura, la sensación de volumen y la longitud de su paladar.

Nota de cata: Color granate oscuro, muy cubierto, brillante, vivo borde violáceo. Aroma intenso, finos tostados, fruta con un eminente carácter de arándanos maduros, óptima madurez, fondo mineral y un ligero apunte secante del roble. Sabroso, carnoso en boca, notas de frutillos silvestres ácidos, taninos firmes, excelente acidez, equilibrio y potencial, tal vez con un excesivo gesto de la madera pero con enormes atributos de suelo, setas (tierra húmeda), delicada mineralidad y textura; notas de chocolate amargo y especias (vainilla, canela en rama) en el final, enorme estructura y potencial. 94 puntos

“Mujeres Enólogas: Las Reinas de Copas”

Jueves, marzo 18th, 2010

La sede de la Delegación del Principado de Asturias en Madrid, fue el lugar elegido por el Festival “Ellas Crean” para celebrar el coloquio moderado por la conocida periodista gastronómica Sara Cucala.

Siete mujeres del mundo de la gastronomía, especialmente del vino, se sentaron para compartir sus trayectorias profesionales y abundante experiencia en un sector tradicionalmente presidido por hombres.

Así, los cambios que la irrupción de la mujer ha producido en el mundo del vino últimamente fue el punto inicial del debate protagonizado por: Sara Pérez, Bibiana García y Elena Adell; la redactora-jefe de Mi Vino y Vinum, Ana Lorente; la presidenta de AMAVI, Sonia Galimberti; la directora de Iberwine, Cristina Alcalá y la presidenta del Club de Guisanderas, Amada Álvarez.

Todas ellas recordaron que, para poder estar sentadas ahí, otras tuvieron que atreverse antes a dar el paso en un mundo tan masculino como el de los fogones y los viñedos. Y citaron a grandes del sector como Elena Arzak, Carme Ruscalleda, Sandra Falcó, Isabel Mijares, Elena Santonja, entre tantas otras embajadoras de la gastronomía y los buenos caldos.

Photo: Ellas Crean. Bibi García, oenologist at the Cortijo de Los Aguilares winery.